Agosto 25, 2019

Si somos optimistas, sólo un 25% era verdad

Seguimos siendo víctimas. Atrapados. Secuestrados. Por nuestra propia voluntad


Miércoles 29 de Mayo de 2019, 9:45am




Corrían los años noventa. El muro de Berlín, a punta de combazos, testarudos y resueltos por alcanzar la libertad golpeaban una pared absurda, erigida en torno a una ideología desde siempre la más clasista, la más asesina, la más maldita: el comunismo. Pero podía más el entusiasmo que la efectividad. Se necesitaría, días después, de maquinaria pesada para por fin tumbar uno de los tantos monumentos comunistas nefastos y criminales de la humanidad.

Corrían los años noventa. Ceaușescu era fusilado en una avenida de Bucarest, Rumania, después de haber esclavizado a un pueblo entero durante años. Lapidados en un callejón. Días enteros la romería seguiría desfilando, en silencio, con la bronca apretada en el pecho por tantos hijos muertos por hambre, con sus piedras, palos y escupos para un matrimonio de asesinos comunistas.

Corrían los años noventa. La guerra fría comenzaba su deshielo. El historiador Fukuyama anunciaba a voz en cuello que la historia había llegado a su fin. Checoslovaquia y Yugoslavia abrían sus pechos a un genocidio descomunal.

Corrían los años noventa. Se siembra la semilla de la Unión Europea. Como una bandera de alerta de no más guerras. No más ideologías extremistas. No más tiranos. Hoy, años malditos sin aprendizaje, las grietas del brexit aparecen en un tejado que nadie quiere en su sano juicio, que se desplome, salvo los trasnochados nacionalistas, comunistas y ultraderechistas, que a baldazos buscan derrumbar sobre sus propias cabezas un despropósito sin límites.

Seguimos siendo víctimas de unos cuantos imbéciles. Atrapados. Secuestrados. Por nuestra propia voluntad. Ni que decir de los obtusos narcos dictadores socialistas del siglo XXI en nuestra región. Una lacra con las guerrillas, las fuerzas irregulares y los asesinatos en masa en las selvas de nuestras patrias. Todo por una estúpida estrella roja.

Corrían los años noventa. Brota el multiculturalismo. Las nuevas tecnologías. La movilidad gracias a la conectividad. Aparece el chip. El juego en línea. El mundo se acorta. Se aplana, se vuelve un amasijo cercano, propio, sin barreras y los mundos culturales chocan.

Surge como un gigante mitológico desde las entrañas de la barriga de la humanidad el .com: Internet baja el telón del nacimiento de la ciudadanía virtual. Surge la hiperconectividad. La histeria y la depresión. Llega la depresión y el neo individualismo.

Corrían los años noventa. Aparece el Windows 95. Sillicon Valley empieza a ser un zumbido en la oreja del mundo. Nacen los nuevos hiper millonarios menores a los 25 años. La nueva casta social desideologizada que de viejos continúan jugando con la nueva consola que se lanza por aquellos años: Play Station.

Corrían los años noventa. Y las dictaduras en nuestro barrio dejaban de existir. Después de regar sangre, persecución, torturas y odio disciplinariamente marcial. Las botas militares son encuarteladas. ¿Acaso alguna vez deberían haber salido? ¿Acaso alguna vez deberían haber existido?

Corrían los años noventa. Ya viejo. Anciano. Caduco. Muerto. El nuevo siglo se llama milenio. Digital. Hiperconectado. Único. Inigualable. El mundo es una hoja. Una gota pequeñita que se desliza por una sencilla pero entreverada cánula virtual.

Corrían los años noventa. Donde de acuerdo los estudios de la época, apenas el 25% de lo que los políticos decían era considerado como una verdad… Que ya era para muchos de la época...algo demasiado poco creíble.

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