Abril 20, 2019

Más teatro en el poder

Esta es la actual paradoja ciudadana en América Latina


Miércoles 10 de Abril de 2019, 9:30am


De dos formas viven hoy los países el ocaso de sus líderes tradicionales, quienes no perciben, la realidad cambiante, sino que sólo su pasado inmóvil: una, con alegría ya que todos los rechazamos y los juzgamos; y otra, con desilusión: siguen existiendo los que usan la manipulación, la fuerza y el autoritarismo como armas de convencimiento.

Si tenemos presente la política absolutista de Luis XVI, viene a nuestra memoria lo que se dice que dijo María Antonieta, en un ejemplo de inocencia o despilfarro de palabras: “Si los pobres no tienen pan, que coman pastel”, probablemente la expresión o la gota que ayuda al estallido social en esa época.

Al observar las conductas a que nos tienen acostumbrados varios gobernantes en América Latina como el no cumplimiento de la Constitución y las leyes, el demeritar a sus oponentes y no asumir responsablemente las consecuencias de su accionar, es posible señalar -además- que son desenfrenos.

Incluso, muchos de ellos teniendo oportunidades para cambiar, piensan -como siempre- que siempre tienen razón. Parecen mostrar una mezcla de alfabetismo funcional -lectura de la realidad sin aprendizaje significativo- y alfabetismo intencionado -cálculos políticos equivocados o mal intencionados- lo que conduce a decisiones de alto riesgo con graves costos políticos, internos y externos, sumado todo a derivaciones negativas económicas y sociales para cada uno de nosotros.

Los desaciertos propios que padecen estos líderes, nos muestran una ruptura, una discontinuidad entre la decisión tomada y la responsabilidad ante sus consecuencias, deslindando responsabilidades como una forma de manipulación.

La vía del deber y la ética se bifurcan. Al parecer no siempre coinciden en la mente de esos gobernantes que se alzan por encima de todo, utilizando su autoridad formal como la mejor forma de asegurarse que se haga lo que creen que se debe hacer, apoyados en su propia “libertad”, debatiéndose entre lo moral-ético-legal y lo inmoral-antiético-ilegal, inclinándose como siempre al lado que mejor les conviene, sin considerar que sus acciones y decisiones tienen consecuencias en el colectivo. Un colectivo, por cierto, ya desilusionado.

No entienden el mito del centauro Quirón, primer maestro de Aquiles, símbolo de la necedad y de la libertad. No asumen que deben elegir entre presiones y ambigüedades, priorizando los intereses de la sociedad.

Se requieren liderazgos proactivos, permanentes constructores del futuro. Sólo hay servidores públicos hacedores de discursos demagógicos (que hacen oír lo que se quiere oír) y que cultivan sobre la necedad (ignoran las consecuencias a largo plazo de las acciones y no hacen lo que se debe hacer).

Su conducta nos coloca en el mismo lugar donde comenzamos: no convencen a la sociedad que la clase política ha cambiado, no luchan por mantener su legitimidad cumpliendo con lo prometido y no cumplen adecuadamente con su rol.

Aunque no conquistan toda nuestra confianza, tienen nuestro “consentimiento” porque seguimos en el teatro del poder donde el actor dirige lo real por medio de lo imaginario. Sin embargo, debemos recordar que el poder está en nuestras manos y que la libertad de ellos termina donde empieza la libertad de nosotros.

Con todo, seguimos en el mismo teatro. Según decía el filósofo francés Denis Diderot, la paradoja del comediante “está en que al actor sólo le creemos si actúa, es decir, si miente”.

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