Enero 20, 2018

Enseñar a pensar

La lectura, tal cual lo recomendó Borges, es un acto de felicidad (sea esta lo que sea), y de libertad; de ningún modo debería ser una obligación, sino un ejercicio voluntario, consciente y responsable con el futuro de uno mismo.


Martes 7 de Noviembre de 2017, 2:00pm


 

“Tenemos cabeza para pensar”, le salió decir a mi hijo de siete años mientras jugaba con sus muñecos y me dejó pensando en la utilidad de su razonamiento lógico pero de niño, de fantasía, para el mundo adusto de los mayores. Aunque nada ni nadie garantiza que solo así lleguemos a la verdad (sea esta lo que sea), estamos llamados a pensar si no queremos perpetuar esta condenada mediocridad.

Poner a funcionar la cabeza no es, como sugiere esa imagen, un acto mecánico. De lo contrario, ¿por qué según un reciente informe de la UNESCO, más de la mitad de los niños y adolescentes latinoamericanos no comprenden lo que leen? No saben leer como corresponde. Fuera de la técnica (que en general no se enseña y por tanto muchísimos alumnos de todos los niveles educativos —y profesionales de toda laya también— leen deficientemente), en el siglo XXI, analfabeto no es más el que no aprendió a leer, sino el que no entiende lo que leyó.

De tomar conciencia de la magnitud de aquel diálogo de muñecos, de no andar distraídos en cuestiones menos importantes (jugando a ser Funes, el memorioso de Borges, un “cronométrico” que por estar absorto en el instante, paradójicamente, no tenía tiempo para pensar), al entendimiento llegaríamos partiendo del conocimiento con la exigencia imprescindible del pensamiento. Así, quién sabe, un día podríamos abandonar la triste condición del animosamente subdesarrollado que nace, se reproduce y muere con la autoestima aplastada contra el piso, lo más triste de todo, por propia culpa.

Tenemos cabeza para pensar, pero tenerla no garantiza el pensamiento.

¿Qué tal si pensamos, por ejemplo, en cuántos educadores del país enseñan a pensar? ¿Cuántos enseñan a leer y a escribir desacatando los métodos ordenancistas del siglo pasado? ¿Cuántos maestros reconocen que sus alumnos no aprenderán nunca a leer y escribir para conformar una sociedad de excelencia y no de mediocridad si es que, antes, no saben pensar?

Si se les olvidó enseñar a pensar a nuestra generación, con todo respeto, no cometan el mismo error con la de nuestros hijos, con la de nuestros nietos. Impidan que ellos continúen reproduciendo los malos tiempos para la educación con solo transmisión de conocimiento, con alarmante falta de entendimiento.

A veces nos olvidamos —o no advertimos, o no sabemos— que leyendo uno se distrae y también aprende. Aprende a hablar y a escribir y, en el camino, a pensar. El que lee cultiva la inteligencia abonando su capacidad de abstracción. Irónica, cínicamente pensamos qué sería de nosotros si no tuviéramos la facultad del entendimiento, pero nunca qué somos cada vez que la desperdiciamos. No sirve de nada el conocimiento vacuo, inutilizado, fuera de la cabeza que, bien dijo el muñeco de mi hijo, la tenemos para pensar.

“Tenemos cabeza para pensar” y, francamente, disminuidos como nos vemos tantas veces, no estamos en condiciones de desaprovechar (más) la oportunidad que ofrece la abstracción, es decir, la inteligencia cultivada como una forma de superación personal y de cambiar la actual correlación de fuerzas de la sociedad, empobrecida por el facilismo y la pereza intelectual.

Entre los beneficios de la lectura está el de aprender a hablar y escribir bien. Antes, o en el ínterin, habremos de aprender a pensar. Pero para eso alguien tendrá que enseñarnos y, ¿cuántos enseñan a pensar?

La lectura, tal cual lo recomendó Borges, es un acto de felicidad (sea esta lo que sea), y de libertad; de ningún modo debería ser una obligación, sino un ejercicio voluntario, consciente y responsable con el futuro de uno mismo. Alguien tendrá que enseñarlo hasta que esto quede fijado en la mente de todos. Para eso, antes, tendrá que pensarlo.

Y, ¿cuántos enseñan eso, a pensar?

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